La enfermedad invisible de la soledad

Al mirarse en el espejo, vio esas manchas rojas en sus codos como algo extraño, como un patrón hostil que de alguna manera había aparecido a través de su piel. La sensación de ardor, que le perforaba los brazos como miles de agujas diminutas, la obligó una vez más a apretar los dientes para no rascarse las zonas inflamadas hasta que sangraran. El calendario en la pared contaba los días burlonamente, recordándole que aún faltaban muchas semanas para su cita con el médico, llena de incertidumbre y esa silenciosa desesperación, casi subcutánea, que la invadía al anochecer.

Se bajó rápidamente la manga, ocultando las dolorosas zonas inflamadas incluso de su propia mirada. El baño olía a humedad y al familiar, ahora repulsivo, limpiador. Extendió la mano hacia el estante, donde, en la penumbra, se alineaban filas de tubos de lociones, ungüentos de farmacia y retazos de esperanza de una cura que nunca llegaba a aliviar del todo el dolor. Sus dedos rozaron el frío metal de la tapa; la frescura mitigó momentáneamente el calor, pero no pudo aplacar la ansiedad que la carcomía por dentro.

En cierto momento, se dio cuenta de algo: no eran las cremas en absoluto. Recordó cómo sus episodios de malestar siempre empeoraban en aquellas noches en que la puerta se cerraba de golpe tras ella y un silencio denso y opresivo se colaba en el apartamento, corroyendo el alma más que cualquier enfermedad. Aquel suspiro profundo resonó terriblemente fuerte en la habitación vacía, flotando en el aire como una pregunta silenciosa a la que nadie podía responder.

>

La tarea principal hoy era simplemente sobrevivir a la noche. No dejar que la picazón la dominara, no permitirse hundirse de nuevo en el abismo de páginas de internet con titulares sensacionalistas que prometían una salvación milagrosa. Se lavó la cara con agua fría, intentando lavar, junto con el polvo del día, el cansancio insoportable que se había posado pesadamente sobre sus hombros. Fuera de la ventana, el sol se ponía lentamente, pintando el cielo del mismo tono rojo inquieto que la piel inflamada de sus manos: el color de la inevitable anticipación, en la que, a pesar de todo, solo le quedaba una cosa por hacer: aprender a respirar de nuevo.

Leave a Comment