Ayer compré una salchicha normal en la tienda; nada del otro mundo, solo quería hacer unos sándwiches. En casa corté algunos trozos, comí algunos y guardé el resto en la nevera.
Todo parecía normal.
A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno, saqué la misma salchicha, agarré un cuchillo y noté que cortaba de forma extraña, como si tuviera algo duro dentro. Pensé que podría estar congelada. Pero al cortar otro trozo, el cuchillo se atascó. Miré más de cerca y me quedé paralizado: había algo brillante dentro de la salchicha.
Al principio pensé que era un trozo de metal. Empecé a tocarlo con cuidado y de repente saqué… una memoria USB. Una completamente normal, de solo unos pocos gigabytes. ¡Me dio asco! ¡Ya me había comido esa salchicha! ¿Cómo puede ser que una memoria USB sea un producto de fábrica y no uno barato?
Pero la curiosidad pudo más que el asco. Encendí el ordenador, conecté la memoria USB y me quedé sin aliento al ver lo que contenía. Compartí los detalles en el primer comentario, ¡pero cuidado!
Solo había una carpeta llamada “DESCÚBREME”. La abrí. Dentro solo había una foto: un hombre riéndose directamente a la cámara. Me quedé en shock.
Solté el ratón y me quedé mirando la pantalla. Quizás la memoria USB era una broma pesada, pero ¿por qué meterla en la comida?
Ahora ni siquiera sé si debería ir a la policía y que investiguen, o simplemente tirar la maldita salchicha e intentar olvidarlo todo, tratándolo como una historia rara.