La vida después de la muerte: cuando nuestros seres queridos fallecidos nos dan una señal…

En su último libro, “Después… Cuando el más allá nos llama”, publicado por Alben Michel, el periodista de investigación Stéphane Allix ha recopilado casi cuarenta testimonios conmovedores.

Todos tienen algo en común: una experiencia aterradora tras la muerte reciente de un ser querido.

Este fenómeno es tan misterioso como extendido, con casi 200.000 personas en Francia cada año afirmando haberlo experimentado.

>

Una respiración que se queda en el cuerpo durante largos segundos. La sensación de manos invisibles sobre los hombros. Una mirada tensa y brillante que aparece en mitad de la noche. Una voz familiar que te despierta. Una figura que aparece en el techo, en la pared o al borde de la cama. Un cuerpo, a veces más pequeño, que se mueve silenciosamente por la habitación o espera en la puerta. Y, sobre todo, palabras: suaves, reconfortantes, tranquilizadoras.

Cada año, miles de personas experimentan una de las experiencias más perturbadoras imaginables: la visita de un ser querido fallecido en diversas formas: señales, mensajes, apariciones. Es una experiencia íntima, a menudo indescriptible, que roza lo incomprensible, a la vez que fascinante y aterradora.

Al violar nuestro marco racional, esta experiencia a menudo permanece en el olvido. Quienes la han vivido prefieren guardar silencio, temiendo miradas escépticas, juicios precipitados o diagnósticos psicológicos despectivos. Es este silencio el que Stéphane Allix intentó romper.

Fundador del INREES (Instituto para el Estudio de Experiencias Extraordinarias), el periodista ha dedicado más de veinte años de su trabajo a una pregunta fundamental: ¿qué sucede con la conciencia —el alma, el espíritu— después de la muerte? Mediante una investigación meticulosa, entrevista a científicos, recopila testimonios de todo el mundo, realiza experimentos y destaca constantes inquietantes.

Estas manifestaciones espontáneas e inesperadas de los dolientes han existido desde tiempos inmemoriales. Hoy en día, se denominan científicamente VSCD, que significa experiencia subjetiva de contacto con el difunto. El término busca proporcionar un contexto neutral para un fenómeno que durante mucho tiempo se ha considerado supersticioso.

Pero, ¿son alucinaciones? ¿Delirios? ¿Un mecanismo psicológico diseñado para aliviar el dolor del duelo?

Para el psiquiatra y psicoterapeuta Christophe Faure, quien lleva años acompañando a personas al final de la vida o en proceso de pérdida, la respuesta es obvia. En una entrevista con Stéphane Allix, explica que estas experiencias no tienen ninguna relación con las alucinaciones patológicas.

“Las alucinaciones ocurren en un contexto específico: en un estado de consciencia alterada causado por el consumo de sustancias o durante un trastorno psicótico. En tales casos, aparecen rápidamente otros síntomas”, explica.

Las alucinaciones psicóticas son generalizadas, perturbadoras y causan un deterioro a largo plazo en el funcionamiento de la persona. Las alucinaciones visuales (AV) sin complicaciones, por otro lado, se presentan en personas mentalmente estables, no se acompañan de otros trastornos y se describen como de profundo efecto calmante. Son de corta duración, discretas y nunca alteran el equilibrio mental de quienes las experimentan.

¿Y si esto fuera un mecanismo de defensa contra el duelo? De nuevo, este argumento es erróneo. «Si así fuera, estas experiencias se presentarían en todas las personas que experimentan una pérdida, pero no es así en absoluto», señala Christophe Faure. Los mecanismos de defensa psicológicos son universales y bien conocidos; se activan sistemáticamente. Por otro lado, los paros cardíacos graves siguen siendo poco frecuentes e impredecibles.

La evidencia respalda esto: si bien estas experiencias brindan un profundo consuelo en el momento, no eliminan el dolor ni la sensación de pérdida. Además, la mayoría de las personas que experimentan una pérdida nunca experimentan dicha conexión, excepto en sueños increíblemente vívidos que se experimentan como encuentros reales que transmiten un mensaje importante.

Aún más inquietante es que, en algunos relatos, el difunto parece pedir ayuda, desorientado, perturbado, casi perdido.

Según la profesora y médium quebequense Sylvie Huelle, protagonista del libro, el mundo de los muertos es una extensión del nuestro. Llegamos allí con nuestra propia personalidad, actitudes y miedos. En el período inicial tras la muerte, la conciencia de nuestra mortalidad no surge de inmediato, lo que lleva a una fase de confusión y desorientación.

Precisamente para arrojar luz sobre estos fenómenos, Stefan Allix aboga por una investigación científica abierta y rigurosa. Exige ir más allá de los impulsos de negación, superstición o cartesianismo estricto que reducen estas experiencias a anécdotas fantasiosas, cuando pueden arrojar luz sobre la esencia misma de…de nuestra existencia humana.

Muchas afirmaciones parecen sugerir que la consciencia no es completamente sinónimo del cuerpo. Aunque nuestras personalidades, miedos y circunstancias a menudo la nublan, conectar con esta dimensión invisible puede facilitar la transición tras la muerte… e incluso brindar paz mental a quienes quedan atrás.

Al leer estas historias, algo queda claro: son experiencias enérgicas de una intensidad asombrosa. No resuelven el misterio del más allá —y eso probablemente sea positivo—, pero sí ofrecen una visión vívida de nuestras preguntas más profundas:

¿Qué sucede después de la muerte? ¿Adónde van nuestros seres queridos? ¿Siguen cuidándonos de alguna manera?

Leave a Comment